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Escrito por Wladimyr
Valdivia
Esperado era este nuevo remake de uno de los clásicos de la cinematografía
norteamericana de los ’80, cuando el Sr. Miyagi y Daniel Larusso se enfrentaban
a ese hostil grupo de malditos karatecas. La apuesta era arriesgada. Siempre es
un misterio el resultado cuando se intenta repetir una fórmula exitosa y
aprobada, pero esta vez con nuevos actores, una historia similar pero no
idéntica y, por supuesto, otra dirección y nuevos y mejores recursos técnicos.

Este retelling (repetición de una película contada con nuevas situaciones y
alterando circunstancias de la historia, no así el argumento central) de “The
Karate Kid” (1984) cuenta la historia de Dre Parker (Jaden Smith), un niño de 12
años que se ve obligado a trasladarse a China junto a su madre (Taraji P.
Henson) por razones de trabajo. Incómodo en el país, su desadaptación social se
agrava cuando un grupo de pequeños matones de su nuevo colegio e integrantes de
una escuela de kung fu lo golpean y amenazan, luego que Dre hiciera amistad con
la joven Meiying (Wenwen Han), quien se comienza a robar el corazón del pequeño.
Inseguro y temeroso, Dre conoce a Mr. Han (Jackie Chan), un autoexiliado maestro
de Kung Fu el que lo tomará como su pupilo para prepararlo ante la vida y las
amenazas de los colegiales luchadores. Este nuevo y mal llamado “The Karate Kid” (ya que la disciplina de lucha que
vemos es el Kung Fu procedente de China y no precisamente Karate, de reconocido
origen japonés) estuvo a cargo del director Harald Zwart, quien ya había
incursionado en cintas de corte humorístico familiar con “Agent Cody Banks”
(2003) y “The Pink Panther 2” (2009), y tomó todos los riesgos posibles:
intentar convencer a miles de seguidores de la cinta original con una versión
moderna y retocada; utilizar un protagonista que aprobó con creces junto a su
padre en “Pursuit of Happyness” (2006) pero que aún no lo habíamos visto cargar
con todo un film a cuestas; y reinventar a un Jackie Chan con un papel que se
lleva todo el peso dramático de la cinta, alejándolo de las cómicas peleas a las
que nos tiene acostumbrados. Y el resultado fue sencillamente… sorprendente.

Sin superar a la original en términos de trascendencia y sencillez, pretendiendo
alcanzar lo emocionalmente épico echando mano de los ya clásicos y modernos
recursos técnicos, la película sabe sobreponerse a la gran responsabilidad de
cumplir gracias a una serie de aspectos importantes que vale la pena reconocer: - El gran acierto al elegir a Jaden Smith. El hijo de Will se roba la película
con una frescura y espontaneidad que ya se la quisieran los más costosos actores
del firmamento hollywoodense. Se aleja de los estereotipos y se muestra
vulnerable junto a su madre e imponderable junto a su maestro, traspasando las
emociones al espectador e interpretando la base del conflicto. Un carisma único
y superior, incluso, al de su propio padre. - La grata sorpresa de ver a Jackie Chan en un papel absolutamente creíble, uno
de los grandes temores al enterarnos de su participación como el nuevo “Miyagi”.
Su personaje define el melancolismo, la sabiduría y el dramatismo en la trama,
sin sobreactuaciones y con un particular equilibrio.
- La historia en su guión, a pesar de haber sufrido ciertas modificaciones, es
contada de manera lineal, sin aspavientos y sin dejar de lado ninguno de los
aspectos más importantes a considerar, respecto a las relaciones humanas, el
escenario socio cultural y las lecciones de vida a las que el pequeño Dre se
comienza a ver enfrentado. Esto último siempre se agradece en formatos donde los
actores y las grandes escenas suelen robarse el primer plano. La incorporación y
la relevancia que se le otorga al lugar y al “donde”, agrega cierta profundidad
acerca de la cultura oriental, aportando por completo a la atmósfera general de
la cinta, y la modificación de momentos claves resultaron un absoluto acierto,
como el reemplazo del ya clásico “encerar, pulir” por un juego que ni el más
suspicaz se podría haber imaginado. Una película absolutamente familiar, casi de clasificación infantil, sin el alma
y el corazón de la primera, pero con todos los ingredientes suficientes para
entretener, hacernos cortos sus 131 minutos, y conmovernos en más de algún
minuto. Me tomo la licencia de comparar (si no se compara un remake con su
predecesora, entonces cuando) para decir que, si bien, la química entre ambos
protagonistas se consigue rápidamente, la relación de amistad y paternidad es
mucho más sincera y fluida en la cinta de 1984. Por otra parte, las
impresionantes capacidades y técnicas aprendidas en tan poco tiempo por Dre
hacen mella del realismo del cual si bebe la primera versión, probablemente por
carecer de recursos fílmicos y estéticos. Pero aplaudamos lo importante: La
relación familiar y la ausente figura paterna, la importancia del respeto, la
amistad, la dignidad, la superación, las convicciones y la adaptación
transcultural son tratados con mesura y prevaleciendo en toda la narrativa. El espíritu y los homenajes, en su justa medida, de la cinta que hiciera famoso
a Pat Morita, son precisamente los que hacen de “The Karate Kid” uno de los
remakes mejores conseguidos y, sin lugar a dudas, de los más respetados a la
fecha.
El
Nortero
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